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El trabajo con la familia mejora el pronóstico de las personas con trastornos de la conducta alimentaria

Por Manuel Eliche, Montse Rius y Cesarina Ontiveros*

Los síntomas alimentarios que conforman los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) están a la orden del día siendo uno de los motivos por los que, con mayor frecuencia, padres y menores solicitan ayuda a pediatría y/o a los servicios de salud mental, así como también a los servicios comunitarios de atención psicológica.

Conocer los factores que desencadenan una patología es esencial para poder realizar un buen diagnóstico y desarrollar los tratamientos adecuados. En la búsqueda de comprender la complejidad que causa y mantiene este trastorno, se demuestran una diversidad de factores causantes que, además, interaccionan entre sí: factores socioculturales, psicológicos, biológicos y familiares. En este artículo nos vamos a centrar en el último aspecto: el factor familiar.

Los problemas de alimentación tienen un fuerte impacto familiar, que es el entorno más cercano en los menores de edad. Está demostrado que el trabajo con la familia mejora el pronóstico a medio y largo plazo frente a un tratamiento exclusivamente individual. Por este motivo, desde las diferentes guías de atención al TCA se recomienda incorporar a los referentes parentales en el tratamiento, en el cual desempeñan un papel fundamental y se convierten en muchos casos en «coterapeutas».

El enfoque familiar: imprescindible

El sistema familiar es el primero en el que empezamos a desarrollarnos. Posteriormente se van añadiendo otros sistemas, por ejemplo, el educativo, el social y así progresivamente. Sin embargo, la importancia del sistema familiar radica en que los afectos construidos desde la primera infancia posibilitan un sistema de ayuda. Por tanto, es donde -frente a la dificultad alimentaria- surgen los primeros intentos de solución por parte de los progenitores. Además, el alimento es una de las formas principales que los padres tienen de expresar el cuidado sobre sus hijos/as. Lo ejemplifica bien la reflexión con la que una familia se presentó en nuestra consulta: “El alimento es madre”.

En las primeras consultas de salud mental, al conocer al/la menor y su familia, se explora cómo se está intentando gestionar esta dificultad. En ocasiones, la dinámica familiar se encuentra “secuestrada” por este síntoma. Es decir, toda gira en torno a la alimentación, pero sin poder solucionarse.

No es sencillo entender y mucho menos aceptar la conducta de un hijo/a cuando ésta atenta contra su bienestar y, en el peor de los casos, contra su propia vida. Así que un trastorno de estas características genera efectos de gran calibre en las figuras cuidadoras, tanto a nivel emocional como de actitudes y conductas, debiendo a menudo modificarse radicalmente para generar grandes cambios en la rutina de la familia. Uno de los objetivos principales consistiría en que no comer no puede ser una opción, es decir, la capacidad parental básica para alimentar a su hijo/a debe darse de forma adecuada.

Dentro de la ayuda que se ofrece desde los recursos de salud mental se activan diferentes agentes multidisciplinares: psicología clínica, psiquiatría, enfermería y trabajo social. El trabajo con los padres conjugado con la atención terapéutica al hijo/a constituye la esencia del trabajo interdisciplinar al servicio de la recuperación.

Herramientas comunes

Aunque nunca podemos confundir el mapa con el territorio, ya que cada sufrimiento o malestar expresado en salud mental tiene sus propias características, existen ciertos aspectos importantes que observamos en el acompañamiento de este trastorno.

Es importante ayudar a los padres a entender y leer qué mueve a su hijo/a, cambiando la atribución de la conducta de forma que también se generen cambios en su respuesta como cuidadores. Comprender que los síntomas no están bajo el control consciente o voluntario del hijo/a y que el TCA no es un problema relacionado únicamente con la alimentación, sino que incluye también cuestiones primordiales que tienen que ver con la identidad, las emociones, la vivencia del mundo y las dinámicas relacionales establecidas con el entorno en general.

Sin embargo, debe poder favorecerse una reflexión sobre cuáles son las reacciones que el trastorno ha podido desencadenar en ellos y ellas ante sentimientos como la desesperación, la incomprensión, el miedo, la culpa, la vergüenza y/o la rabia. Atender, acoger, legitimar y entender los sentimientos de los padres es esencial en nuestro trabajo.

Poder mantener la serenidad, la comunicación a nivel familiar, el afecto y la orientación al hijo/a será más beneficioso que las discusiones, las críticas sobre su aspecto físico, las amenazas y/o forzar un cambio al que inicialmente el chico/a con TCA se resistirá mucho.

También será importante seguir compartiendo con él/ella experiencias gratificantes, al margen del trastorno, así como reservar un espacio de dedicación a otros miembros de la familia y/o afecciones.

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Manuel Eliche es psiquiatra de la FETB en el CSMIJ de Sant Andreu

Montse Rius es psicóloga de la FETB en el CSMIJ de Sant Andreu

Cesarina Ontivero s es trabajadora social de la FETB en los CSMIJ de Gràcia y St. Andreu y en el SAFE Montcada

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