Bebés y primera infancia

Hasta que los niños tienen edad de relacionarse entre ellos y disfrutar de esta relación, es más positivo estar al cargo de un adulto que pueda conocerlos a fondo y responder en cada momento del que el niño necesita. Esto ayudará el pequeño a empezar a ser consciente de sus necesidades, aprender a comunicarlas (primero por el gesto y después hablando), aprenderá a jugar a través del juego con l‘adulto, etc. Cuando el niño se pueda hacer entender, estará preparado para ir unas horas en el día en un centro educativo y aprovechar la experiencia para continuar progresando. Si tiene que ir unas horas a la guardería por necesidades de la familia, los padres pueden compensarlo ofreciéndole suficiente tiempo de relación y juego que complemente el tiempo pasado a la guardería.

El habla surge, por un lado, de la imitación de los sonidos que el niño siente del adulto que le habla. También del interés que el niño tiene para comunicarse con las personas que son importantes para él, centralmente sus padres. Por eso, poder tener ratos de juego, compartir actividades con el niño que él pueda entender y que le interesen, será un buen estímulo para su desarrollo y el de su habla. En cambio, exigir, reñir, chantajear al niño para que hable, le genera desazón y malestar y el pose en peores condiciones para los aprendizajes.
El eje central en cuanto al desarrollo de los niños es la relación con su entorno —en especial, sus padres— y el interés que estos los despiertan. Esto es el que motiva su curiosidad, las ganas de avanzar en su motricidad, el deseo de entenderlos y después de hacerse entender por ellos. Porque todo esto sea posible, hace falta que los padres puedan disponer de tiempos para disfrutar de la relación con su hijo; esto permitirá que el niño los vaya conociendo y que los padres entiendan el pequeño y den respuestas comprensibles y coherentes a sus demandas, que reforzarán el deseo del niño de ir adelante. A veces, los padres, queriendo ofrecer el mejor a su hijo, siguen programas de estimulación pesados, que les dan mucho trabajo y los restan la posibilidad de relacionarse espontáneamente con su hijo, de conocerlo a fondo y de saber que necesita en cada momento. El mejor estímulo es la relación y el juego con el bebé.

Niños de 5 a 12 años

La televisión y el vídeo pueden ser herramientas de distracción e incluso de aprendizaje, pero demasiado a menudo tanto los niños como los adultos en fan un consumo desmesurado y empobrecedor, que los hace perder rato que podrían dedicar a tareas más creativas y enriquecedoras. Hay que hablar con los niños y enseñarlos desde muy pequeños a elegir qué programa (o qué película) verán; en los otros momentos, vale más dejar el televisor apagado y ofrecerlos alternativas que los interesen y gusten bastante. En general, si nos ofrecemos a jugar, mirar cuentos, pintar, ir a paseo, etc., con ellos, los niños renuncian de buen grado en la televisión. Despacio van haciendo suya la cultura de ver solo aquello que más los interesa y dedican el resto del tiempo a jugar y a otras tareas más activas.

Cuando un niño “se porta mal” es que algo le pasa. El niño que “se porta mal” es un niño que se siente mal, que sufre y no sabe expresarlo, o mejor dicho, que lo expresa de esa forma. No sabe salir solo adelante. Puede estar tenso, enfadado, asustado… pero siempre necesita ayuda. Ningún niño crea problemas —ni los padece— si puede evitarlo. Por ello, no hay castigo justo. El castigo es siempre injusto, impuesto desde los que tienen la fuerza y el poder: los adultos. Es mejor tratar de captar qué le pasa al niño para poder ayudarlo, apoyarlo, estar a su lado. Es mejor estar disponible para escucharlo, darle tiempo. Cuando un niño “se porta mal” es cuando más necesita ayuda y comprensión por parte de sus adultos.

Diríamos que nunca, que no se trata de castigar, sino de ayudar al niño. En realidad, los adultos castigamos desde la irritación, el enfado, la frustración, la impotencia, no desde nuestro cariño hacia el niño. Aunque lo justifiquemos con racionalizaciones y digamos que “lo hacemos por él”, el castigo es siempre una especie de venganza de los adultos, que deteriora su relación con el niño, ya que le despierta sentimientos de impotencia, injusticia y resentimiento. Además, el niño al que se castiga tiende a desarrollar una idea negativa de sí mismo, se siente malo, y esto disminuye su autoestima y no ayuda a su crecimiento. Es necesario buscar sistemas para ayudar al niño a salir de este tipo de conducta y de relación. Da mucho mejor resultado la tolerancia, la paciencia, el apoyo, la disponibilidad, y tener confianza en lo positivo del niño.

Si va mal en los estudios es que necesita ayuda por parte de los adultos: padres, quizá maestros… Si un niño puede ir bien, lo hace sin necesidad de premios; si va mal es que por su cuenta no puede hacerlo mejor. Los castigos empeoran la situación, desmoralizan al niño, disminuyen su autoestima, pueden llegar a hundirlo. Muchas veces, en el fondo de un chico que no va bien en los estudios hay un chico deprimido, desmoralizado, que ya ha tirado la toalla, que se cree tonto o que no podrá salir adelante. Privarlo de las cosas que precisamente le gustan es aumentar su desmotivación. A menudo, las cosas que le gustan son actividades en las que tiene éxito, se siente capaz —y por tanto son imprescindibles para mantener cierta confianza en sí mismo— o en las que busca refugio. Es esencial llegar a saber qué le sucede, y cómo ayudarlo. A veces se requiere la ayuda de un psicólogo.

El niño celoso es un niño que sufre. Algún acontecimiento —habitualmente pensamos en el nacimiento de un hermano, pero por supuesto hay muchísimos otros— ha hecho que se sienta desplazado, no querido, y eso lo hace sentir también poco válido, poco satisfactorio para los demás, generalmente los padres. A menudo se habla de los celos de un niño recriminándoselos, “afeándole” su reacción celosa, como si no se pudiera tenerlos. En cambio, es importante recordar que los celos son un sentimiento universal, que todos conocemos por experiencia porque al menos en alguna ocasión los hemos sufrido. Por eso, al niño celoso hay que reconfortarlo, estar a su lado, darle seguridades. De esta manera podrá ir tolerando mejor la situación que le ha generado los celos e irá superándola.

A los miedos irracionales que no se corresponden con un peligro en el entorno del niño los llamamos fobias. Es cuando un niño —o un adulto—, a pesar de darse cuenta de que su miedo es injustificado, no puede evitarlo y no puede acercarse a según qué situaciones: la oscuridad, un perro… Las fobias son un sufrimiento, una ansiedad, que corresponde a imágenes y expectativas negativas en la mente de la persona. A veces se tiene la idea de que al niño que tiene una fobia hay que acostumbrarlo, curtirlo, a base de ponerlo en contacto con aquello que le da miedo. Si tiene miedo a la oscuridad, por ejemplo, pues que duerma a oscuras o tenga que moverse por la casa sin encender las luces. Este procedimiento, además de hacer sufrir mucho al niño, puede determinar que cada vez esté más inseguro y asustado, más frágil. Para ayudarlo a superarlas, a modificarlas, hay que, como siempre que se trata de ansiedad, darle tiempo, apoyo, seguridad. Si forzándolo mucho, ridiculizando su miedo como a veces se hace, el niño llega a “hacer de tripas corazón” la apariencia habrá cambiado, pero en su interior la fobia quedará encapsulada, disociada, constituyendo un punto frágil en su personalidad que puede derrumbarse ante situaciones difíciles. Superar una fobia requiere tiempo, pero es mejor tomarse ese tiempo que cambiar sólo la apariencia. Según la importancia del problema se necesitará ayuda de psicólogo.

¡Ni mucho menos! Dejarle hacer todo sería abandonarlo a sí mismo. Por el contrario, hay que ayudarlo a diferenciar lo que puede hacer y lo que no, a comprender las consecuencias de sus actos; hay que indicarle claramente, aunque con flexibilidad, que depende de las circunstancias, hasta dónde puede llegar y de dónde no puede pasar. Lo que sucede es que esto, como toda tarea educativa, requiere siempre la paciencia necesaria y una suficiente “prestación personal”, o sea dedicar tiempo, conversar con el niño, y también lo que llamamos “predicar con el ejemplo”. A veces los adultos estamos muy atareados o tensos y queremos resultados en el acto, métodos expeditivos que a menudo deterioran la relación con el hijo y las posibilidades realmente educativas.

Por el que dice, parece que su hijo ha sido atendido por un especialista y que el programa terapéutico está yendo bien. Sería indicado que este profesional hiciera también el seguimiento, lo cual incluye modificar la medicación o llegar a suprimirla cuando sea correcto hacerlo. Aun así, es mejor replantearse periódicamente si el plan terapéutico sigue siendo el aconsejable y si la medicación se tiene que continuar tomando. Tenemos que recordar que el fármaco tiene algunos efectos secundarios. Por lo tanto, podría pedir hora de revisión al psiquiatra que ha prescrito tanto el tratamiento farmacológico como el psicológico para hacer una actualización de la situación del niño.

Adopciones

La adopción es una medida que tiene como finalidad ofrecer una familia a niños que están en situación de desamparo. A menudo, debido a las circunstancias de su pasado, los niños adoptados presentan dificultades de personalidad o para vincularse. Hay que garantizar que los adultos que los adopten, sus futuros padres, tengan los recursos necesarios para hacer frente a su crianza y educación. Y también que tengan las capacidades emocionales suficientes por realmente afiliarse en el proceso hacia la idoneidad, los profesionales suministran información y apoyo a los futuros padres para ayudarlos a valorar la adecuación de su proyecto, así como los recursos con que cuentan para afrontarlo con éxito. No se puede correr el riesgo que los pequeños tengan que volver a vivir situaciones de inestabilidad.
El ICAA —el Instituto Catalán por la Acogida y la Adopción— tiene una Unidad de Atención postadoptiva a la cual usted puede dirigirse; el teléfono es el 93 483 18 24. Este servicio puede ofrecer un número de visitas reducido y atiende en especial las consultas que son específicas de la situación adoptiva. Si hiciera falta alguna otra actuación, ellos la derivarán al servicio público que le corresponda por zona.
Como que, por el que usted dice, la dificultad de su hijo se refiere al ámbito escolar, también puede plantearse de consultar en el Centro de Desarrollo Infantil y Atención temprana (CDIAP) que corresponda a su distrito. El pediatra o la escuela le sabrán dar la dirección.
Si necesita algo más, vuelva a escribirnos.

Otras cuestiones

La separación de los padres significa siempre la ruptura del núcleo familiar central del hijo, de su espacio de seguridad; en este sentido, es siempre traumática. Puede llegar a hacerse insuperable cuando los padres siguen peleándose y pleiteando después de haberse separado. También cuando a la pérdida del núcleo familiar se añaden otras pérdidas en cadena, como el contacto con uno de los padres, la casa, la escuela, los amigos, una rama familiar… A menudo, sin embargo, la mala relación entre los padres, con agresividad abierta o distancia e incomunicación, era ya traumática para el hijo; la separación es entonces la culminación de un problema que hace años que existía.
De todos modos, que la separación sea más traumática y dolorosa o, por el contrario, más soportable y superable depende de muchos factores a considerar si se quiere reducir su influencia negativa.
Muchos padres, cuando deciden separarse, consultan a un experto para encontrar la mejor forma de proteger al hijo y ayudarlo a elaborar y superar la situación. Este cuidado puede hacerla menos traumática.

Buscar una nueva escuela para los hijos siempre es una situación difícil, que nos llena de dudas; más cuando concurren circunstancias especiales como las que usted describe. Es imposible orientarla respecto a qué escuela será la más adecuada desde nuestra consulta en línea. Pero es bien seguro que los profesionales que conocen la chica (psicólogos, psicopedagogos, maestros, etc.) sí que podrán hacerlo.
Si no lo hubiera hecho ya, puede dirigirse al EAP (Equipo de Asesoramiento Psicopedagógico) que, como su nombre indica, lo forman psicólogos y pedagogos que asesoran las escuelas públicas (y las concertadas cuando se los lo pide). Ellos se pueden coordinar con la escuela a la cual va ahora su hija y también con los colegios especializados para orientarla respecto a qué puede ser la más adecuada. También lo ayudarán a ver qué escuela es más adecuada los profesionales mismos de cada uno de los colegios de enseñanza especializada, puesto que ellos sabrán si tienen el grupo adecuado para su hija.