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ENTREVISTA | «Las familias pueden jugar un papel clave en la prevención de los trastornos alimentarios»

  • Cristina Hernández, enfermera en los centros de Gràcia, Sant Andreu y Montcada i Reixac
  • Jaime Martínez, psiquiatra en el CSMIJ de Gràcia

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria son multicausales. En la actualidad, ¿qué factores cree que tienen una mayor incidencia para que una persona desarrolle un trastorno alimentario?

CH: Los TCA son de origen multifactorial, esto significa que un factor por sí solo nunca puede explicar la aparición del trastorno. Existen distintos factores de tipo genético, psicológico, sociocultural, familiar y personal que pueden predisponer a algunas personas a desarrollarlo. Dependiendo de cada situación, un factor va a jugar un papel más importante que otro. En cualquier caso, los TCA son trastornos mentales que se caracterizan por alteraciones en la conducta, los pensamientos y las emociones relacionados con la comida, la imagen corporal y la autoestima y que deben tratarse de forma especializada.

JM: El incremento tan claro y asociado a la pandemia y al confinamiento nos ha enseñado que la causa de este problema pudiera no ser principalmente el adolescente, o su personalidad, como antes pensábamos. Tampoco la adolescencia actual, como parece existir en el imaginario social. Más bien parece que es necesario analizar los factores externos, todo lo que está ocurriendo en torno al adolescente, y pensar que quizá el problema alimentario sea una expresión del sufrimiento ante estas experiencias amenazadoras. Éstas se dan a diferentes niveles, de los cuales los estudios apuntan sobre todo a los cambios familiares y sociales.

A raíz de la pandemia vemos que ha aumentado el número de personas con este tipo de trastorno, ¿por qué?

CH: El confinamiento tuvo un alto impacto en la salud mental de la población infantojuvenil, al tiempo que comportó una ruptura con las rutinas habituales, actuando muchas de ellas como factor protector ante la aparición de la enfermedad (las relaciones entre iguales, el ocio y el tiempo libre, la escuela, etc.). La pandemia trajo un aumento de la incertidumbre, traducida en algunos casos en un aumento de ansiedad y estrés, que dificultó un buen manejo emocional y precipitó o empeoró los síntomas de los trastornos alimenticios.

JM: La pandemia, y especialmente el confinamiento, trajeron el aislamiento, la pérdida del contacto físico con otros adolescentes, el aumento del clima de tensión de muchas familias, o el cambio de las costumbres familiares a la hora de comer. En concreto, se ha estudiado cómo la preocupación por el peso y por el físico aumentó a nivel social, dado que durante el confinamiento parecía que estábamos perdiendo el tiempo si no aprovechábamos para adelgazar o hacer abdominales. Los estudios proponen que todos estos factores actúen en su conjunto aumentando en gran medida la posibilidad de generar sufrimiento. Ahora cabe preguntarse si el hecho de que siga habiendo una incidencia tan alta de casos, dos años después, es porque todavía hay que esperar para recuperarnos de la pandemia; o que desde 2020 existen poderes y valores sociales que han quedado especialmente instaurados y que van de la mano con este trastorno.

¿Cómo puede pedir ayuda una persona que cree que sufre un TCA?

CH: Es importante que la persona pueda hablar de ello con las personas de referencia (familiares, amigos, maestros, etc.) para que éstas puedan buscar la ayuda adecuada y darle todo el apoyo necesario. Sin embargo, cabe destacar que es muy probable que la propia persona tenga dificultades para tomar conciencia de su problema, de modo que en algunos casos tendrán que ser los demás los que estén atentos a las señales de alerta para actuar.

JM: Si quien está sufriendo esta situación puede ser capaz de hacerse esta pregunta, es que ya tenemos muy avanzado, porque habitualmente es el cambio que más cuesta. Las opciones son muchas: desde ir por su cuenta a sus centros de salud y comentarlo a su médico o enfermera; o que lo haga un adulto responsable que sea de confianza para el adolescente, como padres, tutores u otros familiares. No hace falta explicar totalmente el problema para que los adultos acompañen al adolescente a pedir ayuda, ya se tendrá oportunidad de detallarlo con tranquilidad a los profesionales. Si la activación de los circuitos de ayuda profesional asusta al adolescente, existen muchas otras vías para poder iniciar un acompañamiento. En este sentido, se puede contar con los profesores de la escuela, que están cada vez más preparados para ofrecer ayuda en estos casos. Además, se están desarrollando plataformas especializadas de ayuda en Internet o redes sociales, que intentarán abrir un espacio de atención al adolescente y vincularlo al circuito de ayuda profesional. Es importante tener cuidado con esta última vía, ya que escapa al control de los profesionales y la persona podría también encontrar mensajes opuestos a la ayuda que necesita.

En la FETB se realiza un tratamiento interdisciplinar ario especializado, explíquenos qué acompañamiento les ofrece.

CH: El tratamiento que se ofrece desde la FETB es un abordaje interdisciplinario en el que pueden intervenir, en mayor o menor medida, diferentes profesionales (psicólogos, psiquiatras, enfermeras, trabajadoras y educadoras sociales) para abordar los distintos síntomas de la enfermedad. Al ser un trastorno mental de base psicológica, pero con consecuencias físicas, nutricionales, emocionales y sociales, se requerirá el uso de diferentes intervenciones (dietéticas-nutricionales, médicas, psicológicas) enfocadas tanto a la persona que padece la enfermedad como a la suya familia.

JM: El objetivo es dar una atención integral y continuada que permita cubrir, en la medida de lo posible, las necesidades que plantean estos sufrimientos. Más allá de las funciones específicas de cada profesional que interviene (que pudieran ser psicóloga, psiquiatra, enfermera, trabajadora social u otras figuras como la educadora social o terapeuta ocupacional), confiamos en que aportar la experiencia de tener un equipo de personas escuchen y te acompañen es especialmente beneficioso. Por eso, intentamos trabajar de forma coordinada y hacerlo de forma que no resulte angustioso para la persona.

¿Deberán tomar medicación?

CH: Se valora caso a caso si es necesario algún fármaco para ayudarle en el tratamiento de la enfermedad.

JM: Como suele ocurrir en Psiquiatría, no hay unos criterios claros que nos indiquen en qué casos debemos recomendar la medicación y en cuáles no. En mi opinión, lo que podemos hacer los psiquiatras en las consultas es echar un vistazo a los tipos de medicación con las que contamos, y pensar en si los cambios mentales y corporales que pueden inducir estas medicaciones pueden ayudar con el nivel de sufrimiento que tiene una persona determinada. Por ejemplo, un antidepresivo puede ayudar a una adolescente que tenga la mente más “liberada” frente a los pensamientos constantes sobre adelgazar y poder, por ejemplo, aprovechar más una sesión de psicoterapia. Es interesante comentar que cuando recomendamos algunas de estas medicaciones, lo hacemos buscando que aparezcan lo que en otras ocasiones llamamos efectos secundarios. Por ejemplo, muchas veces se recurre a psicolépticos como la olanzapina, buscando el aumento de hambre que produce, asumiendo que su efecto principal habitual (sedación) no será claramente beneficioso. Esto, en mi opinión, demuestra cómo las medicaciones que utilizamos no son específicas del “trastorno” en cuestión.

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria pueden tener una buena evolución y pronóstico si se detectan de forma precoz. ¿En qué deberíamos fijarnos para detectarlos?

CH: Hay una serie de señales de alerta que nos pueden ayudar a todos a realizar una detección precoz del problema. Es importante estar atentos a los cambios que se observen en los hábitos de alimentación (y otros hábitos), como el inicio de dietas por cuenta propia, pérdida de peso injustificada, preocupación excesiva por la comida (conteo de calorías o rechazo) de alimentos bajo la creencia de que engordan), evitación de comidas, incremento del ejercicio físico o comida de forma descontrolada, entre otros.

No debemos olvidar que, dado que se trata de un trastorno de base emocional, también es necesario estar atentos a los cambios que se puedan estar produciendo a nivel relacional y anímico: baja autoestima, elevada autocrítica o autoexigencia, elevada preocupación por la imagen, bajo estado de ánimo, irritabilidad, o pérdida de interés por actividades o relaciones…

Una vez detectadas estas señales es importante contactar con profesionales de la salud para poder orientar e iniciar un tratamiento especializado.

JM: Es un problema que puede resultar muy difícil de detectar. La pista más clara es, obviamente, observar un cambio de peso o de la figura corporal inesperado, especialmente si va acompañado de un cambio de actitud o estado de ánimo del adolescente. Pero muchas veces todo comienza notándose pequeños cambios, como un clima de tensión aumentado a la hora de las comidas. Los padres muchas veces explican que observaban pequeños cambios en el adolescente que les llamaban la atención, como actitudes extrañas con la comida, ponerse ropa más ancha, no quedarse con las amigas a cenar…

¿Qué pueden hacer las familias en términos de prevención?

CH: Las familias pueden jugar un papel clave en la prevención de los TCA, porque pueden ser un modelo muy potente de hábitos y estilos de vida saludable. Desde casa es importante promover una alimentación sana, pero a la vez flexible. Las comidas pueden ser un buen momento para favorecer las relaciones familiares y modelos de comunicación abiertos y positivos. Se recomienda, como mínimo, poder realizar una comida al día juntos. Las familias también pueden ayudar en la prevención promoviendo la aceptación y la diversidad corporal y reforzando la autoestima de sus hijos/as más allá de su imagen. Por último, pueden dar herramientas a sus hijos/as para ser críticos con los contenidos de las redes sociales y otras plataformas, y los estereotipos de belleza predominantes.

JM: Es recomendable pedir ayuda cuando empieza a haber una preocupación en torno al peso o el estado de ánimo del adolescente, mejor que esperar a que el problema se haga mayor. Por otra parte, es difícil establecer unas recomendaciones claras para evitar que este problema aparezca, ya que, según su familia, una actuación determinada puede ayudar con el problema o empeorarlo (por ejemplo, aumentar la vigilancia cuando el/la adolescente está comiendo).

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