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Los síntomas de la depresión en la infancia no tienen por qué ser los mismos que en la edad adulta

La depresión en la primera infancia existe, aunque hablamos más bien de rasgos o aspectos depresivos que de trastorno estructurado, dada la edad de los niños/as y el momento evolutivo de formación de su personalidad, que hace que el diagnóstico sea dinámico.
En la pequeña infancia los síntomas no tienen por qué ser los mismos o similares que en la edad adulta. La tristeza, apatía o desánimo pueden estar presentes, pero muy a menudo se observan síntomas y características específicas propias de esta etapa vital, como por ejemplo dificultades al regular su conducta o conflictos con los iguales.
SEÑALES DE ALARMA:

  • Cambios en la conducta: nos podemos encontrar niños/as que estén más irritables, enfadados, impulsivos, o en constante movimiento, inquietos. O niños/as más apocados, apáticos, desanimados, sin ganas de hacer actividades que antes les gustaban.
  • Dificultades de relación con los iguales: niños/as que se aíslan o tienen conflictos con otros niños.
  • Cambios en aspectos como la alimentación (por exceso o por defecto) y el sueño (dificultades tanto al conciliar o mantener el sueño como de exceso).
  • Cambios en el control de esfínteres: si ya controlaban, pueden dejar de controlar.
  • Somatizaciones: que el cuerpo sea la manera de expresar el malestar (piel, dificultades digestivas, etc.)
  • Niños fatigados, cansados físicamente sin ninguna causa orgánica que lo pueda justificar.
  • Cambios a nivel psicomotriz: necesitan estar en constante movimiento o, por el contrario, disminuyen su actividad física habitual.
  • Cambios a nivel de rendimiento escolar y aprendizaje.
  • Dificultades a la hora de prestar atención.
  • Sentimientos de baja autoestima, expresados de forma literal (“yo no puedo”, “soy tonto», «no me gusta nadie») o a través de frustración, irritabilidad, excesiva labilidad emocional.

El diagnóstico de depresión en la pequeña infancia no sólo dependerá de la presencia de uno o más de estos síntomas o expresiones del malestar, sino que será necesaria una valoración psicológica rigurosa y profunda, a través de la observación de la conducta, de su juego, la entrevista con los cuidadores referentes, así como mediante herramientas de valoración diagnóstica adecuadas, como los test proyectivos. También será muy importante tanto la valoración de su contexto social, familiar y cultural, como la exploración de los entornos inmediatos del niño/a como la escuela, guardería, ludoteca, etc.
La elaboración de toda esta información nos permitirá entender al niño/a más allá de la conducta observable, aproximándonos a su mundo interno, el estilo de relación, etc. Será así como podremos establecer una aproximación diagnóstica cuidadosa que respete el ritmo y el elemento evolutivo propios de los/as más pequeños.
Por Elisabet Gil, psicóloga de la FETB en el Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz (CDIAP) de Gràcia.

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