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Navidad en medio de un duelo: cómo acompañar a niños, niñas y adolescentes en la pérdida

Las fiestas de Navidad tienden a acentuar la tristeza por la pérdida de un ser querido. El contexto cambia, llegan las vacaciones, hay más horas libres y los encuentros familiares —o la ausencia de estos— pueden hacer aún más evidente una nueva realidad en la que la ausencia de alguien se vuelve visible. Una situación de este tipo atraviesa a toda la familia, mayores y pequeños, pero puede resultar especialmente compleja para los niños, niñas y adolescentes que pierden una figura de referencia esencial como la madre, el padre o los abuelos.

En concreto, la pérdida de un progenitor en edades tempranas tiene un impacto profundo. No solo porque desaparece la persona que sostiene un vínculo clave, sino porque todo el sistema familiar queda afectado. Y esta es una de las grandes dificultades: el duelo no es solo del niño o la niña, sino de todo el núcleo familiar, que debe encontrar maneras de sostenerse mientras acompaña.

Entender el duelo infantil: más allá de la tristeza

Cuando perdemos a alguien muy importante, una parte de nosotros, ligada a las emociones y a los recuerdos corporales, sigue esperando a esa persona, aunque racionalmente sepamos que no va a volver. Esto ocurre también en los niños y niñas que, por su momento evolutivo, no pueden comprender qué es la muerte.

El duelo no es solo un proceso psicológico, es también una experiencia física. Existe el deseo de abrazar, de reencontrarse físicamente, y la sensación de que esa persona puede volver a aparecer puede sentirse muy real. En los niños, la espera de alguien que ya no está y la incomprensión de su ausencia pueden convivir con momentos de juego, de aparente despreocupación o incluso de negación. Por ejemplo, un niño puede estar jugando como si no recordara nada y, acto seguido, preguntar por su madre y ponerse a llorar.

En este sentido, el proceso habitual del duelo consiste en oscilar entre la pérdida (llorar, recordar, mirar fotos, hablar de ello…) y continuar con la vida cotidiana. Es importante buscar este equilibrio entre recordar y seguir viviendo. Esta alternancia es normal y necesaria. Si el dolor es continuo y no puede dosificarse, puede dejarnos “fuera de juego”. Pero si se evita de forma sistemática, no se elabora.

Una Navidad diferente

Ante el duelo, especialmente por la pérdida de madres, padres u otras personas referentes, puede aparecer la tentación de suspenderlo todo: no celebrar las fiestas, evitar las tradiciones, en definitiva, “parar el mundo”. Pero los niños, niñas y adolescentes necesitan un cierto sentido de continuidad. Necesitan entender y procesar que hay un cambio profundo, pero que no todo desaparece.

Cuando se deja de hacer todo aquello que siempre se había hecho, puede generarse una mayor sensación de inseguridad, ya que se envía el mensaje implícito de que la vida se ha puesto en pausa. Sin embargo, tampoco es necesario forzar situaciones de alegría, de celebración, ni negar el dolor. La Navidad puede seguir existiendo, pero ahora es diferente: es una Navidad sin esa persona. La vida debe ir reorganizándose, quizá vinculándose con otras personas, reconstruyéndose y percibiéndose como posible.

El papel de los adultos
El papel de los adultos es clave en el proceso de duelo y en la gestión de este durante las fiestas. Es importante poder proteger a los niños y adolescentes de la angustia extrema, la desesperanza absoluta o el colapso emocional de los adultos. No se trata de mentir ni de fingir que todo está bien, sino de poder transitar las emociones de una manera que no desborde a los más pequeños.

Cuando hablamos de duelo, los rituales pueden ser una herramienta muy adecuada para elaborar una pérdida, pero solo si tienen sentido para la persona que los realiza. Si se convierten en un automatismo carente de significado, incluso pueden llegar a resultar molestos. Lo más importante es descubrir qué da sentido al niño, niña o adolescente para acompañar la muerte de una persona querida.

En este sentido, recomendamos no solo escuchar, sino también preguntar, mostrarnos disponibles, evitar el tabú y poder normalizar la nueva situación. Si el niño no quiere hablar del tema, no siempre es porque lo esté “llevando mal”; también es una respuesta que debe respetarse.

A los niños no les hacen falta grandes discursos: a menudo basta con estar presentes y escuchar. Esta actitud aporta seguridad y estructura, así como un aprendizaje valioso: el dolor puede ser inmenso, pero no nos anula por completo.

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