Com acompanyar els infants a l’educació primària?
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Un entorno de comprensión y un espacio para la autonomía: cómo acompañar a los niños y niñas en la educación primaria

DE MARÍA JOSÉ FERNÁNDEZ Y KÀTIA PLANELLS

Entre los 6 y los 12 años, los niños y las niñas cursan la etapa de educación primaria, un período clave en su desarrollo emocional, social y psicológico. Durante esta etapa, los menores reciben numerosas valoraciones por parte de padres, madres, otros familiares y docentes sobre el rendimiento académico, la actividad física, la gestión de los conflictos con los compañeros y el grado de autonomía personal.

Estas valoraciones influyen de manera determinante en el autoconcepto, es decir, en la construcción de la imagen que tienen de sí mismos a partir de los mensajes que reciben del entorno, y en la autoeficacia, relacionada con la capacidad autopercibida para afrontar retos. En este contexto, es legítimo preguntarse: ¿cómo pueden las familias acompañarlos para que crezcan y se construyan de manera saludable?

Acompañar no significa dirigir ni controlar, sino ofrecer presencia de una forma sensible y respetuosa. Implica brindar un entorno de comprensión, escucha y diálogo, pero también un espacio de autonomía que les permita probar, equivocarse y aprender. Es en este equilibrio entre apoyo y libertad donde los niños y niñas pueden ir construyendo seguridad interna, responsabilidad y confianza en sus propias capacidades.

Al mismo tiempo, hay una serie de aspectos básicos que los adultos deben garantizar: hábitos adecuados de alimentación y descanso, espacios tranquilos y ordenados para hacer los deberes y estudiar, una agenda cotidiana no excesivamente cargada de actividades extraescolares y una relación fluida y respetuosa con la escuela. Hablar con consideración del equipo docente y evitar desacreditarlo delante de los niños contribuye a generar coherencia educativa y seguridad emocional.

La escuela es uno de los ejes centrales de sus vidas: ocupa mucho tiempo y ofrece un grupo de pertenencia más allá de la familia, pero no lo es todo. Compartir espacios de juego, ocio y relación con otras personas favorece el desarrollo social y emocional y nutre la autoestima. Igualmente importante es reconocer y valorar el esfuerzo, la constancia y la implicación, más allá de los resultados académicos. Es necesario distinguir entre el comportamiento ante el estudio y las calificaciones obtenidas, y evitar las comparaciones con compañeros o hermanos, ya que rara vez son constructivas y a menudo generan frustración e inseguridad.

El acompañamiento emocional en esta etapa implica validar el malestar que pueden sentir ante los conflictos, los fracasos o las decepciones, y ayudarles a pensar conjuntamente estrategias para afrontar estas situaciones respetando su estilo personal y sin imponer maneras de hacer. Entender el error como una parte natural y necesaria del proceso de aprendizaje favorece el desarrollo de la resiliencia y de la tolerancia a la frustración, habilidades esenciales a lo largo de toda la vida.

En definitiva, los adultos tienen un papel fundamental en la creación de un entorno de comunicación abierta y constante, basado en el interés genuino por lo que hacen en la escuela y por lo que viven en su día a día. Compartir tiempo, conversaciones y experiencias y reforzar el vínculo afectivo contribuye a generar confianza, seguridad y transparencia entre familias, infancia y escuela, tres pilares indispensables para un desarrollo saludable.

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